Morir joven e influir
El pasado sábado primero de octubre, se cumplió
un año más del natalicio de uno de los intérpretes más populares de la música
latinoamericana del siglo pasado. Conocido con los apodos de El Ruiseñor de América y Míster Juramento, Julio Jaramillo es considerado el
mejor cantante ecuatoriano de todos los tiempos. No es en vano, el ecuatoriano
se colocó en el gusto popular con géneros que hoy en día parecen completamente
olvidados.
Sus canciones hablan de amores y desencuentros.
Estas calaron profundamente en el público que se identificaba con ellas y por
tanto, muchos consideran a este cantante como uno de los símbolos de la
identidad nacional ecuatoriana. Las melodías que popularizó, entre las que cabe
mencionar: De cigarro en cigarro, Alma mía, Interrogación, Odio en la sangre, Te odio y te quiero, Carnaval de la vida o Cuando llora mi guitarra, todavía se escuchan a lo
largo y ancho de Latinoamérica.
Su primera presentación la realizó en
Radio Cóndor, donde tuvo la oportunidad de conocer a Rosalino Quintero, con
quien forjaría una amistad y más tarde sería su arreglista, guitarrista y
requinto. Posteriormente, participó en Radio América y después de salir de la
emisora solía frecuentar El Cajón, un bar frecuentado por gente del
medio artístico.
Fue un vals peruano titulado Fatalidad
(música de Laureano Martínez Smart y letra de Juan Sixto Prieto), el que lo
catapultó a la fama en marzo de 1956. Casi de manera inmediata la canción fue
un éxito, y en una semana se vendieron 6 mil copias, por lo cual, tuvieron que poner
nuevas copias a la venta. El éxito fue tan arrollador que Julio ya había
grabado una docena de temas para el sello Ónix durante aquel 1956. Te
odio y te quiero, Hojas muertas, Elsa y Carnaval de la vida fueron las más
populares. La versatilidad en la voz de Jaramillo le llevó a interpretar
exitosamente temas en ritmos tan variados como: bolero, tropical, tango, vals,
pasillo, joropo e incluso rock and roll.
Su consagración internacional llegó con
la canción “Nuestro juramento”, del puertorriqueño Benito de Jesús, y
convertida en bolero por Rosalino Quintero. Esta canción, cabe aclarar ha sido
reversionada en múltiples ocasiones y es la más popular del Ruiseñor de América.
Con esa canción, Jaramillo se embarcó en varias giras por América Latina.
Sin embargo, lamentablemente, en 1978,
Julio Jaramillo falleció en Guayaquil, a la temprana edad de 42 años, luego de
ser operado de la vesícula la misma que presentó complicaciones
postoperatorias. Finalmente, un paro cardiorrespiratorio terminó abruptamente
con su vida en pleno éxito profesional. La noticia causó estupor nacional y
continental a razón de la fama y el afecto que el cantante había sabido ganarse
en muchos países en los que vivió y se presentó artísticamente. El intérprete
se fue muy temprano dejando un legado en la música popular latinoamericana,
murió joven, pero sus canciones seguirán escuchándose como el recuerdo de una
época dorada del bolero, el vals y el pasillo.
Su despedida fue espectacular, se
calcula que unas 200 mil personas participaron del adiós final, que empezó con
un velatorio en Radio Cristal, continuó en el Palacio Municipal de Guayaquil y
terminó con la inhumación de sus restos en el Cementerio General de la misma
ciudad que lo vio nacer, ascender y partir.
Desde Ruido Escrito hemos querido
homenajear a este aparentemente olvidado ícono de la música ecuatoriana y
latina. Y aunque pocos conozcan o se sientan atraídos por su música, no podemos
pasar por alto el natalicio de una figura que antaño fue reconocida y a pesar
de que parece ser olvidad de a poco, Ruido Escrito pretende darle foco a todos
y cada uno de los géneros.


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