Arctic Monkeys: The Car, el punto de no retorno

 

Ig: menos2alas

 

The Car es el punto de no retorno para Arctic Monkeys en un camino iniciado por Traquility Base Hotel & Casino (2018) cuya sonoridad dio un “volantazo” a las persecuciones estéticas de la banda; dividió al fandom e hizo al escucha mainstream (no me gusta usar ese término, pero no hay más remedio) replantearse la forma de escuchar a la banda inglesa. Bueno ¿por qué es “un punto de no retorno”? cada de entrega de Arctic Monkeys se ha encaminado a direcciones diferentes a las anteriores, sí, es cierto, pero hasta AM (2013) la experiencia auditiva evocaba festivales de rock, fiesta, una etapa de primera juventud. Los integrantes han envejecido, sus preocupaciones estéticas, vitales, se han transformado y su música con ellos.

Este álbum es el único de la banda inglesa que es necesario entender como unidad (aunque pareciera lógico entender esto de cualquier disco y de cualquier banda) debido a características importantes: primero, la tónica  de cada track es similar, es decir, mantienen el mismo mood; la segunda es que su composición al ser de tempos más lentos posee un sonido sólido como unidad, pero, para quien está “casado” con los discos anteriores, le será difícil disfrutarlo como singles aleatorios si realmente no está familiarizado con los géneros que inspiran la grabación.

Una parte esencial se encuentra en su inspiración, The Car se nutre de géneros setenteros y aunque es difícil acercar sonidos tan distantes y tan poco ejecutados en la actualidad (al menos en el mainstream) la grabación mantiene la esencia de la banda y deja ver sus inspiraciones. De corte Chamber Pop y Art Rock, el disco fluye con una rica instrumentación compuesta por las dos guitarras tradicionales de la banda, bajo, batería, mantiene piano y sintetizadores (ya más que probados en TBHC) sumados a una sección de cuerdas que estilizan y refinan un sonido inspirado en el soul, funk, pequeños arreglos de jazz, sobre todo en batería, y soundtracks clásicos del cine de los 70’s.  Sus tempos reconfiguran la formula probada en su disco anterior para permitirle al escucha apreciar matices y sonidos muchísimo más emocionales, ejemplo de ello es Body Paint.

El LP recorre diez tracks que se toman su tiempo para “arrancar”; de forma enriquecedora, pausas y silencios vocales dan un sentido mucho más dilatado a los cortes por ejemplo, el primer single, There´d Better Be a Mirrorball que se dilata en una introducción con una batería jazzística en donde Helders destaca junto con un sintetizador, la sección de cuerdas y no será hasta el segundo 57 cuando Alex Turner se disponga a cantar. El efecto de dilatación no afecta la agilidad de cada corte, pues uno de sus más grandes aciertos es su duración de apenas 37 minutos. El carácter inmersivo del álbum permite al escucha una estimulación visual (y creo que esa ejecución es la que refleja su inspiración cinematográfica), por ejemplo, la ominosa Sculptures Of Anything Goes o el sutil arpegio del track homónimo del disco, siendo contrastes sonoros, pero con la misma fuerza perceptiva gracias al trabajo en producción de James Ford.

La simbiosis entre segmentos sonoros de la banda y su sección orquestal son más notables en canciones como I Ain’t Quite Where I Think I Am cuyos riffs iniciales señalan la presencia guitarrera tanto de Alex Turner como de Jaime Cook y permanecen sutiles en Hello You o Mr Schwartz y la perfecta Big Ideas; por otro lado, bajo y batería mantienen una presencia de excelente ejecución durante todo el disco. Una de los elementos que hacen de complicada “digestión” a The Car es lo herméticas que pueden ser sus letras en algunos momentos. Plagadas de referencias cinematográficas y tecnicismos del séptimo arte, muchos de los tracks no terminan por transmitir la emoción plasmada en sus letras, cosa que no le permite conectar con su escucha.

 Destacable, por otro lado, es la vocalización de Alex Turner que se mantiene siempre en los tonos que busca transmitir y, aunque no es una voz prodigiosa, es suficiente para hacer que la fusión de sonidos se amalgame, aunque es importante resaltar que puede ser la interpretación más homogénea de toda su carrera.

Finalmente, Big Ideas aparece cerca del final del álbum siendo la canción clave para entender The Car esto porque su letra, por primera vez claramente en toda la grabación, revela inspiraciones, aspiraciones y la idea central del disco.

Así Arctic Monkeys entrega, sin duda, su obra mejor lograda en producción e instrumentación. Uno que se arriesga a lanzar singles de aperturas lentas para generaciones acostumbradas a envolverse o cambiar de canción a los 10 segundos; sin coros rebosantes de emoción para un concierto en una gran plaza, pero que permite degustar segmentos musicales enteramente inéditos en bandas mainstream y que cierra, definitivamente, la juventud de una banda con ya casi 20 años de carrera. Quizá The Car sea la prueba más clara de que una banda con suficiente talento y aspiraciones puede evolucionar entregándose a placer a sus deseos.

 

Uno de los problemas que me encontré conforme avanzaba en las escuchas del álbum fue distinguir en qué punto puede el escucha, el crítico y el artista estar sintonizados. Difícilmente el escucha y el crítico pueden entretejer sus sentimientos con los del autor. Ese es siempre el precio a pagar por artista. A veces porque el escucha y el crítico carecen del conocimiento que sí posee el autor y otras él decide sacrificar la simplificación de su obra para gozar de su proceso. Un costoso sacrificio que puede resultar en obras ininteligibles y en otras de difícil recepción. Este es el caso del séptimo álbum de estudio de la tan aclamada banda de Sheffield.

 80/100

 

 


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